Érase una vez un bon vivant de la dolce vita, un simpático truhán de los que caminan con la elegancia del chevalier y la parsimonia del donjuán. Un crápula risueño y con un donaire añejo. Un distinguido zascandil.
Un sábado cualquiera, este vividor empedernido se despierta, pero no es capaz de levantarse. La bandeja de plata en la que yace su humeante desayuno mantiene sus piernas inmovilizadas, petrificadas como las de un cavaliere sepultado.
Tras deleitarse de un pantagruélico desayuno, coronado por una descollante botella de champagne, piensa: “Qué poco ha durado. Qué rápido pasa el tiempo en lo que a disfrutar de placeres se refiere”.
Este divo de la costa se adentra con fruición en el yate de su amigo Pepe. Tras dilapidar la mañana haciendo alpinismo entre montañas de caviar y surcando piscinas de Moët Chandon, le vuelve a asaltar el mismo pensamiento: “Qué poco ha durado. Qué rápido pasa el tiempo en lo que a disfrutar de placeres se refiere”.
Termina su travesía en yate, para embarcarse en otro buque insignia: el refulgente Ferrari de su amigo Claudio. Tras reventar los tímpanos de veinte viandantes con el rugido del motor y serpentear por las calles a velocidades relampagueantes, retorna a su mente el parpadeante pensamiento: “Qué poco ha durado. Qué rápido pasa el tiempo en lo que a disfrutar de placeres se refiere”.
Cae el sol derrocado por el tenue fulgor de la luna, y junto al dorado astro del día, queda derribado nuestro pizpireto caradura. Al frisar las alfombradas orillas de la cama, el punzante pensamiento le vuelve a atravesar el alma con su demoledor eco: “Qué poco ha durado. Qué rápido pasa el tiempo en lo que a disfrutar de placeres se refiere”.
Nuestro personaje observa con gallarda serenidad el rostro de María Virgen y Madre, y su entendimiento le brinda la siguiente reflexión: “Qué fugaces son los pecados conforme transcurren los años. Cada vez, compensa menos pecar”.
Ver comentarios